Cuando el deporte es casi una religión

carrosdefuego

Cuántos eventos deportivos, aquellos con cobertura mediática o incluso los menos rimbombantes , los de nuestro barrio, han sido anfitriones de esa música tan emocionante de la película Carros de Fuego (1981) compuesta por Vangelis. Y si bien se llevó el Óscar a la mejor banda sonora, es probable que aparte de su calidad, ese premio tiene detrás el hecho de haber sido el telón de fondo de una película sobre deportes que ha contado como pocas lo que vive un deportista que ama lo que hace con pasión, y nunca mejor dicho  para el caso de esta película, con devoción. Filme en el que se muestra el espíritu del deportista, lo más profundo de su ser y de su conciencia.

Esta película muestra al deporte desnudo, como lo vive el deportista, sin efectos especiales, sin 3D (se agradece el año en que se hizo) y narra la historia de dos atletas que se entrenan con un mismo objetivo: competir en los Juegos Olímpicos de París de 1924.

Pero el relato mira al costado y se vuelca a contar aquello que no estamos acostumbrados a ver, aquello que asoma cuando las cámaras no están grabando (y no solo porque los deportistas no eran tan estrellas como ahora): muestra el lado humano del deporte, lo que para el deportista implica más allá del logro profesional, lo que ponen, nunca mejor dicho, en juego; lo que supone para sus vidas; el paralelismo entre su mundo interior y el deporte. Esa película indaga en la conciencia, en los mas profundo de unos personajes que aparte de competir, viven el deporte  de forma absoluta, visceral.

Pero también se conoce el mundo del atletismo a través de sus miserias. El relato se enmarca, por momentos, en el seno de  una alta sociedad británica, en la que se mueven los protagonistas, que no acepta a un Harold Abrahms (Ben Cross) por ser judío, en una Inglaterra, “anglosajona y cristian” como él afirmará,  hasta que gana el favor de su entorno al batir el récord de velocidad en la Universidad de Cambridge.

Pero también se muestra al deporte cargado de valores, inquebrantables , como los que lleva dentro de sí el otro protagonista, Eric Liddell (Ian Charleson) ferviente católico que corre con la convicción de que es Dios quien ha designado para él un futuro en el deporte, pero que tarde o temprano dejará para dedircarse a la acción misionera…

Más allá de las historias particulares de los dos protagonistas, la historia converge en un único punto: el deporte como un elemento espiritual, necesario para comprender la vida, sus propias vidas; el deporte rozando lo místico; el deporte con sus más altos valores: de compañerismo, lealtad, entrega (donde no falta el elemento patriótico, nacionalista), en definitiva, el deporte como el que permite no la realización profesional sino personal…

Una historia bien contada, minuciosa, en la que se puede apreciar con nostalgia unos Juegos Olímpicos muy diferentes a los que de ahora, sin las Spice Girls cerrándolo…deporte puro…deporte como Dios lo creó.

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2 responses to “Cuando el deporte es casi una religión

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