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«El mundo es una bola que se vive a flor de piel»

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Así le canta Manu Chao a pie de calle a un Maradona cuyas enormes gafas no impiden vislumbrar su conmoción. Maradona ha vivido a flor de piel, tal vez «ha vivido demasiado» como dijo alguien alguna vez. ¿Pero qué clase de frase es esa para los valientes? Sencillamente, no existe.

«Maradona por Kusturica» (2008) es el documental que el gran maestro serbio le hizo al gran futbolista argentino. El título delata el protagonismo que ambos tendrán en la cinta. Sí, ambos. Porque Kusturica está tan presente como Diego. En un detrás de escena permanente con pocos cortes para videoclips y algún juego caricaturesco del director, transcurre una hora y media de entrevista, donde el Diego va moviéndose de espacio siempre con Kusturica a su lado: primero, el pueblo de su infancia, Fiorito, donde el paso de los años no ha venido de la mano del progreso y entre las casas de cartón sigue en pie la del 10; luego, bares emblemáticos de Buenos Aires; su paso por Nápoles donde se aprecia el «culto» que se le rinde; hasta llegar a la propia Serbia de Emir Kusturica donde el cineasta se atreve y juega unos «toquecitos» con Diego.

Kusturica evidencia que no intentó jamás hacer un retrato imparcial, tampoco pretendía contar una biografía limpia y ordenada. Se involucra en el film quizás para evidenciar más aún la admiración que siente por Maradona. Su mirada, lo delata; su pose periodística al entrevistarlo y el interés voraz con el que lo escucha, también lo delata. Pero aún así, habla Diego, siempre Diego. Kusturica está dentro pero magistralmente consigue que la estrella sea siempre la que tiene que serlo. Y esa devoción también se percibe en la gente, en las multitudes que lo aclaman y erizan la piel al ver lo que Maradona genera. La «Iglesia Maradoniana» es el mejor ejemplo de esa devoción.

Probablemente Kusturica intente explicar esa devoción y justificarla. Está claro que para él (y tantos) es un Dios, el Dios que metió el gol a los ingleses con la mano. Una y otra vez, como si el televidente necesitara verlo casi por adicción, Kusturica repite la escena que ha quedado inmortalizada: la de ese joven que corre y nada ni nadie se le antepone, que domina la situación y la pelota. Lo domina todo y como un Dios todopoderoso hace milagros: el gol inolvidable, el mejor de la historia, dirán muchos.

Kusturica convence incluso a aquellos que no ven a Maradona como un grande, mucho menos como un Dios. En cierta medida, y aunque parezca contradictorio, lo humaniza y eso acerca también a ese personaje que a veces provoca distancia por su soberbia, comprensible a veces.

El error del cineasta sea probablemente haber teñido el documental de tintes políticos. Diego se ha involucrado con su país y Latinoamérica y esa marea antinorteamericana y revolucionaria (de la mano de Castro o Chávez) forma parte de él. Kusturica deja un mensaje y ve en el fútbol la «pequeña venganza» de los países pequeños contra las potencias. Quizás vio en Maradona la manera de expresar también un sentimiento común. Pero el gol bastaba, lo decía todo. Y un Maradona reprochándose un pasado turbulento por las drogas y asegurando que hubiera sido mejor aún de no haber sido por la cocaína, dice más aún. Sinceridad, entrega, autenticidad. Como nos gusta ver a los grandes: a flor de piel.

 


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